La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión con una insistencia casi personal. Me encontraba de pie en el centro de la habitación que, durante meses, se había sentido como una celda de lujo decorada con el prejuicio de los Vane. Pero esta noche, el aire era distinto. Ya no olía a cera de muebles cara y a las expectativas asfixiantes de mi suegra; olía a libertad.
Alexander estaba apoyado contra el marco de la puerta. Había dejado su chaqueta en algún lugar del pasillo y su camisa blanca,