El eco de los conflictos familiares del día anterior aún vibraba en las paredes de mármol, pero ya no como una amenaza, sino como el recordatorio de una batalla que finalmente habíamos ganado. La derrota de mi padre y el desmantelamiento de sus manipulaciones financieras habían dejado un silencio sepulcral en el ala este, pero en nuestras habitaciones, el aire era espeso, vibrante y cargado de una sensualidad que ya no pedía permiso para existir.
Me encontraba frente al gran espejo del vestido