capitulo 60 epílogo

El sol de la tarde se filtraba a través de los altos ventanales de la mansión, pero ya no se sentía como una luz que ponía en evidencia mis defectos, sino como un manto cálido que celebraba mi victoria. Había un silencio sepulcral en la casa, pero era un silencio habitado, uno que ya no me oprimía el pecho. Los cuadros de los antepasados de Alexander seguían allí, observando desde sus marcos dorados, pero su mirada de prejuicio aristocrático ya no tenía poder sobre mí. Yo no era una invitada,
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