La luz del amanecer en la ciudad siempre tiene un tono plateado, una claridad que no perdona las sombras pero que, esta vez, se sentía como una bendición sobre las sábanas de seda revueltas. Me quedé inmóvil, escuchando la respiración acompasada de Alexander a mi lado. Durante meses, este despertar fue un ejercicio de contención, un recordatorio de las cláusulas y los silencios impuestos por un **prejuicio** que hoy parecía sacado de otra vida.
Ya no había un muro de cristal entre nosotros. H