La mañana en la ciudad se sentía distinta, como si el asfalto hubiera cobrado una nitidez que antes me pasaba desapercibida. Me desperté antes de que el sol lograra vencer la pesada seda de las cortinas, con una sensación de ligereza que no tenía nada que ver con la alegría y todo que ver con la resolución. El peso de la traición de mis padres seguía ahí, un ancla en el fondo de mi estómago, pero ya no me hundía. Ahora, era el contrapeso necesario para mantenerme erguida.
Salí de la mansión en