El silencio de la mansión Vane no era tranquilo; era opresivo, como si las paredes de mármol estuvieran conteniendo el aliento, esperando a que algo se rompiera. Y ese "algo", muy probablemente, era yo.Después del encuentro en el despacho, me refugié en la cocina. El Sr. Miller se había llevado los papeles, pero Alexander se había quedado con mi dignidad en un puño. "Compensación financiera". La frase me martilleaba las sienes mientras lavaba los higos para el estofado. Eran frutos carnosos, de un púrpura tan oscuro que parecía negro, con esa piel aterciopelada que cedía ante la más mínima presión. Los corté en mitades, revelando su interior rosado y húmedo, lleno de semillas diminutas.Cocinar era mi lenguaje de guerra. Si Alexander quería una esposa trofeo que no hiciera ruido, yo le daría un estruendo de sabores.Para el estofado de cordero, no usé cualquier corte. Elegí la paletilla, una carne que requiere paciencia, fuego lento y comprensión. Empecé sellando los trozos en una ol
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