Una vez a solas, los esposos se concentraron en ellos, no porque hayan tenido hijos, su pasión había disminuido, las miradas ardientes y llenas de amor, seguían ahí.
— Bueno... Prometí que te traería algo especial, no el helado, pero si un dulce que te gusta mucho.
— Déjame ver. — La arquitecta tomó la linda envoltura y abrió de prisa el detalle. — ¡Son mis chocolates favoritos, te acordaste, Dimitrir, eres el mejor esposo del mundo!
— ¿Solo del mundo? Yo creí que también del univers