Cuando Vega bajó al comedor, el aroma del café recién hecho flotaba en el aire, espeso, intenso. La luz de la mañana entraba por los ventanales altos, iluminando la mesa larga de madera oscura, pulida hasta el extremo. Todo en ese lugar hablaba de orden, control… y de Alonso Trovatto.
Él ya estaba allí.
Sentado en la cabecera, con la espalda recta, traje oscuro impecable, como si el amanecer no lo hubiera sorprendido desprevenido, sino que lo hubiera estado esperando. Sostenía la taza de café