Eran las cuatro de la madrugada cuando Vega abrió los ojos.
Durante un segundo no supo dónde estaba. El silencio era tan profundo que le zumbaban los oídos, roto apenas por el tic-tac lejano de un reloj invisible y el murmullo apagado del viento que aún se resistía a abandonar la noche. La chimenea ya estaba apagada; solo quedaban brasas oscuras, como recuerdos que se negaban a extinguirse del todo.
Estaba en el sofá.
El cuerpo le dolía levemente, una molestia tibia en la espalda y el cuello