El vehículo avanzaba con una suavidad engañosa, como si el mundo exterior no pudiera tocarlo. Dentro, el silencio era denso, cargado de una tensión que no necesitaba palabras para existir.
Vega mantenía la mirada fija en el paisaje nocturno que se deslizaba tras el vidrio polarizado. Luces, edificios, sombras. Todo parecía distante, ajeno. Y, sin embargo, cada fibra de su cuerpo estaba alerta.
Alonso Trovatto ocupaba el asiento a su lado con una presencia que lo dominaba todo. No hablaba. N