Vega estaba en su habitación cuando el golpe seco en la puerta la sobresaltó. No fue un llamado suave ni una cortesía prolongada. Fue un golpe firme, autoritario, como si quien estuviera del otro lado supiera que no necesitaba insistir.
Frunció el ceño.
Miró el reloj sobre la mesa de noche. Pasaban apenas unos minutos de las ocho. Demasiado temprano para visitas… demasiado tarde para imprevistos.
Se levantó del sillón con cautela, el corazón marcándole un ritmo extraño. Caminó hasta la puert