El sonido metálico del reloj al ajustarse resonó en la sala con una precisión casi quirúrgica.
Vega lo observó desde el otro extremo, fingiendo desinterés mientras cada uno de sus sentidos estaba atento a él. Alonso Trovatto se encontraba de pie junto a la mesa auxiliar, acomodando el reloj en su muñeca izquierda con ese gesto exacto, controlado, que parecía formar parte de un ritual diario. No había prisa en sus movimientos, pero tampoco relajación. Todo en él transmitía dominio.
Fue entonce