Alonso Trovatto se sentó en la silla presidencial con la precisión de quien domina cada espacio que pisa. El respaldo de cuero italiano apenas crujió bajo su peso; la oficina era un templo de líneas sobrias, vidrio oscuro y silencios que no admitían errores. Desde el ventanal, Alborada parecía pequeña, irrelevante, como si el mundo entero estuviera contenido dentro de aquel despacho.
El asistente de seguridad dejó la tablet sobre el escritorio sin decir una palabra.
Alonso no necesitaba explica