La clínica privada de los Trovatto permanecía sumida en un silencio espeso, casi reverencial. No era el silencio tranquilo de la madrugada, sino uno tenso, contenido, como si incluso las paredes supieran que algo terrible había ocurrido y aguardaran, expectantes, el próximo estallido.
Vega dormía.
Su respiración era suave, irregular por momentos, pero estable. El monitor cardíaco marcaba un ritmo constante que, para cualquier médico, era una buena señal. Para Alonso, sin embargo, no era sufic