El sonido de las sirenas cortó la noche australiana como una herida abierta.Las luces rojas y azules se reflejaban contra los ventanales de la Clínica privada Trovatto, una de las más exclusivas del continente. El personal médico se movía con rapidez quirúrgica, empujando la camilla donde yacía Vega, inconsciente, con la piel pálida y los labios apenas entreabiertos.
—¡Intoxicación severa! —anunció uno de los médicos—. Prepárenla para urgencias.
Alonso caminaba a su lado, sin soltar la mano de