El silencio de la habitación era distinto al de antes.
No tenía el peso de la urgencia ni el filo del miedo. Era un silencio controlado, casi vigilado, interrumpido solo por el ritmo constante del monitor cardíaco y la respiración tranquila que ahora, por fin, no luchaba por existir.
Vega abrió los ojos lentamente.
Al principio, la luz blanca le resultó molesta. Parpadeó una vez. Luego otra. El techo le pareció ajeno, demasiado limpio, demasiado ajeno a cualquier recuerdo inmediato. Un leve