Australia.
El amanecer apenas comenzaba a teñir de gris los ventanales de la mansión familiar cuando Judith dejó la carta sobre el escritorio de su habitación.
La tinta aún estaba fresca.
La hoja temblaba bajo sus dedos.
“Abuelo, no puedo vivir en un mundo donde Alonso no me pertenece. No sé cómo respirar sabiendo que en su mundo yo no existo. No me pidas que entienda lo que para mí es insoportable. Si no puedo tener el mundo que soñé, prefiero no tener ninguno.”
Las lágrimas habían corrido sob