El amanecer en Australia no trajo calma. Trajo fuego. No uno visible, no uno que consumiera paredes o bosques. Era un incendio más silencioso, más devastador: el del apellido Trovatto ardiendo en cada titular, en cada pantalla, en cada conversación susurrada en salones privados.
La mansión Trovatto en Sídney parecía intacta desde el exterior. Imponente. Elegante. Inquebrantable. Pero dentro el aire era irrespirable.
Judith Trovatto estaba de pie frente al enorme ventanal del despacho de su abue