La tormenta no desapareció de golpe.
Se desinfló.
Como si alguien hubiera retirado el oxígeno del incendio.
Vega estaba sentada frente a la pantalla de su tablet, observando con atención casi quirúrgica cómo los titulares que durante horas habían condenado a Alonso comenzaban a desaparecer.
Uno a uno.
Primero los más agresivos.
Luego los ambiguos.
Después incluso los análisis de opinión.
Algunos artículos eran modificados.
Otros directamente dados de baja.
Las redes, que la noche ante