Julián sentía que la sangre le hervía. El aire en su oficina se le hacía insuficiente ante la humillación que acababa de sufrir. Con un movimiento brusco, tomó su teléfono y un número que ya conocía.
—Hugo —soltó Julián, con una voz que cortaba como un cuchillo—. Tu hija es una perra. Se fue con otro y me dejó una carta de burla. Me vio la cara de idiota frente a todos.
—¡Julián, por favor! —el grito de Hugo al otro lado era puro pánico—. Esto debe ser mentira, mi hija no pudo…
—¡Cállate, Hugo!