El sonido de la cerradura al encajar de vuelta en su sitio fue el acorde más dulce que habían escuchado jamás. Al cruzar la puerta de su apartamento, Nahla dejó caer las llaves sobre la mesa del recibidor con un tintineo que disipó los fantasmas del pasado. Se despojó de los zapatos pesados del tribunal y caminó descalza hacia el centro de la estancia. No había cámaras esperándolos, ni patrullas resguardando las esquinas, ni el veneno de terceras personas acechando entre las sombras de las esq