Apenas Aurora cruzó el umbral de la casa sintió que algo no estaba bien. El ambiente era denso, pesado, como si las paredes guardaran una noticia que nadie quería decir en voz alta. Su madre estaba de pie en la sala, rígida, con los labios apretados, mientras su padre caminaba de un lado a otro como una bestia enjaulada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Aurora con cautela, aferrando aún su bolso contra el pecho, como si eso pudiera protegerla de lo que estaba por venir.
Hugo se detuvo en seco y la miró.