El golpe metálico de las esposas de Mauricio seguía resonando en los oídos de Ernesto mientras abandonaba el locutorio de la prisión. El abogado caminó por los pasillos grises con el estómago revuelto, sintiendo el peso de un fajo de papeles que ahora quemaba en su maletín. Mauricio no tenía límites.
Nunca los había tenido, pero traicionar a su propio hijo con esa sangre fría superaba cualquier canallada previa. Ernesto sabía que su carrera, y quizás su vida, dependían de dar el siguiente paso c