Ernesto no esperó a que Paolo cambiara de opinión. Salió de las duchas de la prisión con el corazón galopándole en la boca y el fajo de documentos quemándole los dedos.
El penal era un nido de víboras donde los secretos se pagaban con sangre, y él ya había cruzado la línea de no retorno. Subió a su coche, encendió el motor y pisó el acelerador a fondo, rumbo al búnker de la fiscalía. Mauricio se creía el titiritero de esta comedia trágica, pero no sabía que sus propios hilos estaban a punto de e