William se acomodó contra las almohadas, con la mirada fija en el techo antes de arrastrarla lentamente hacia Nahla. El zumbido constante de los monitores médicos parecía el único testigo del silencio que se había instalado entre los dos.
Ella rompía el protocolo del hospital pelando una manzana con excesivo esmero, concentrada en que la cáscara no se cortara, como si la vida le dependiera de esa tira roja.
—¿Qué sientes por Mateo, Nahla? —soltó él de golpe, con una voz que ya no arrastraba la