Paolo finalmente se marchó de la oficina, pero el rastro de su presencia todavía contaminaba el aire del despacho. Nahla se dejó caer en su silla, como si el cuerpo ya no le respondiera, sintiendo el peso de un cansancio que le calaba los huesos. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos con una insistencia casi desesperada, intentando arrancar de su piel la quemazón invisible que él había dejado al tocarla.
El peso del engaño era cada vez más difícil de sostener; una armadura que empezaba a a