El sol de la mañana iluminaba en la oficina de Nahla las maquetas de sus diseños y las muestras de telas que colgaban en las paredes.
Era su santuario, el lugar que había levantado con sudor y noches sin dormir, y, sin embargo, hoy se sentía como un campo de batalla. Nahla revisó por última vez el documento que descansaba sobre su escritorio de cristal. Cada cláusula era un clavo en el ataúd de la vida que Paolo creía tener asegurada.
Cuando la puerta se abrió, no hubo necesidad de anuncios. Wil