El caos rugía en el exterior, pero para Valentina, el mundo se había reducido al espacio entre sus rodillas y el cuerpo inerte de Alejandro. Tenía las manos empapadas; el calor de la sangre era lo único que la anclaba a una realidad que se desmoronaba.
—Alejandro, mírame… ¡Mírame, por favor! —su voz no era un ruego, era un sismo—. No puedes decidir irte ahora. No cuando por fin el silencio no nos pesaba. Me prometiste que buscaríamos a Nahla. Me prometiste que esto no iba a rompernos… ¡No te atr