El apartamento de Héctor estaba sumido en una penumbra asfixiante, rota únicamente por la luz azulada y fría de su teléfono, que proyectaba sombras alargadas y deformes contra las paredes.
El aire se sentía pesado, cargado de un aroma a alcohol caro y una tensión eléctrica. Héctor caminaba de un lado a otro, con los músculos del cuello tensos y los dientes tan apretados que el dolor le subía por las sienes.
Al otro lado de la línea, la voz del hombre llegó rota, con una respiración que delataba