El amanecer en la Villa Hill llegó envuelto en una quietud incómoda, casi opresiva. La luz dorada del sol se filtraba tímidamente por los ventanales del comedor, iluminando una mesa servida con esmero, como si el orden externo pudiera compensar el caos que habitaba en los corazones.
Dulce estaba sentada frente a Kevin, con las manos rodeando una taza de café que ya se había enfriado. Sus ojos, aún hinchados por el llanto de la noche anterior, evitaban mirarlo directamente. Kevin, en cambio, mantenía la postura recta, el semblante severo, distante. No había dormido. O, si lo había hecho, el descanso no le había alcanzado el alma.
El silencio se prolongó más de lo habitual, hasta que Dulce respiró hondo, como quien se arma de valor antes de saltar al vacío.
—Kevin… —dijo finalmente, con voz baja—. Quiero disculparme por anoche. No debí presionarte de esa forma. Solo que me sentí un poco insuficiente y reaccione de esa manera.
Él levantó la mirada apenas un segundo. No había dureza e