La noche había caído por completo cuando el vehículo se detuvo frente a Villa La Matilde.
Las luces exteriores se encendieron de inmediato, como si la casa reconociera el regreso de Leah y quisiera recibirla con un abrazo silencioso. Sin embargo, ella no lo sintió así. Todo en su cuerpo pesaba.
Ana se apresuró a abrir la puerta, pero Leah apenas le dedicó una mirada cansada y una leve sonrisa.
—Estoy bien —dijo antes de que alguien pudiera preguntarle algo—. Solo necesito descansar. Fue una noche un poco ajetreada.
— Claro mi señora, que tenga una buena noche cualquier cosa que necesite no dude en hacérmelo saber mi señora.
— Gracias Ana — Posteriormente ella subió las escaleras con pasos lentos, controlados. No quería alarmar a nadie. Aquella leve molestia en el vientre había comenzado durante la gala, un tirón suave pero persistente, como un recordatorio constante de que su cuerpo estaba cambiando… y de que ya no podía permitirse quebrarse del todo. Entró en su habitación