Después de una hora, Leah se había quedado dormida otra vez, el reloj marcaba las 4 de la mañana. Para Kevin, La madrugada siempre había sido su aliada.
El era un hombre que vivía cómodo en el silencio de esas horas en las que el mundo parecía detenerse, cuando ni las ciudades más ambiciosas se atrevían a respirar con fuerza. Valencia dormía. El mar, a lo lejos, murmuraba con una calma engañosa. Leah descansaba a su lado, profundamente dormida, ajena a todo.
El teléfono vibró.
No sonó.
Vibró.
E