La tensión era palpable, vibrante.
Kevin la observó unos segundos que parecieron eternos. La respiración de ambos se entremezclaba en el aire. Podía sentir el pulso acelerado de Leah bajo su mano, la fragancia suave de su cabello, el temblor casi imperceptible que la recorría.
—Tienes un talento especial para desafiarme, Leah —murmuró él, sin apartar la mirada.
—Y tú uno para provocarme —replicó ella, conteniendo el impulso de zafarse.
—¿Te provoco? —La pregunta, cargada de ironía, flotó en