Madrid dormía bajo un manto de plata. Las luces de la ciudad parecían estrellas caídas sobre las avenidas, y el silencio reinaba en Villa La Matilde, roto solo por el murmullo lejano del viento entre los árboles del jardín. La casa, majestuosa y quieta, respiraba calma tras el regreso de sus dueños, pero no había paz en el alma de Leah Presley.
La madrugada la encontró inquieta.
Su cuerpo, rendido por el cansancio, había caído sobre la cama apenas llegó, pero el sueño fue ligero y breve. Un l