Leah regresó a la clínica. A pesar del movimiento constante en los pasillos, todo parecía envuelto en una calma extraña, como si el tiempo dentro del edificio estuviera suspendido. Afuera de la habitación de Kevin, dos guardias uniformados permanecían de pie, firmes, como columnas inamovibles. Eran hombres de confianza de Kevin Hill, y aunque su empleador estaba inconsciente, su lealtad seguía intacta.
Cuando vieron a Leah acercarse, enderezaron su postura aún más, inclinando la cabeza con un respeto inmediato.
Leah asintió suavemente, manteniendo su rostro impasible. Las cosas habían cambiado y, sin embargo, ellos actuaban como si Kevin siguiera al mando. Aquello solo aumentaba el peso que sentía en el pecho.
La doctora salió de la habitación justo cuando Leah estaba por tocar la puerta.
—Señora Presley —la saludó la doctora con un tono más cálido del que usualmente usaba—. Me alegra verla aquí. Hay algunas actualizaciones.
Leah respiró hondo.
—Dígame —pidió sin rodeos.
—Kevin