La notificación llegó antes de que el sol terminara de descender: los abogados de Kevin recibieron oficialmente la demanda de divorcio. El sobre lacrado, el sello de la jueza y el nombre de Dulce Navarro de Hill encabezando el documento confirmaban que ella ya había movido su primera gran pieza. Había dejado en quiebre a Kevin y ahora el hombre era lo menos que le importaba.
Pero, por otra parte, Dulce esperaba un estallido inmediato; esperaba llamadas, discusiones, amenazas. Esperaba ver a los abogados de Kevin desesperados, alterados, dispuestos a suplicarle un acuerdo o a enfrentarla con argumentos, cuestionamientos o advertencias. No obstante no hubo nada de eso. El silencio se volvió su enemigo.
La mujer tamborileó los dedos sobre la mesa de mármol de la villa que había ocupado, esa que se aseguraba de mantener en penumbra. El móvil reposaba encendido enfrente suyo, mudo, sin un solo mensaje que la mencionara. Su expresión tensa se marcó más cuando exhaló.
—¿Por qué no reaccion