Habían pasado dos días desde la visita de Liliana Ferretti, dos días en los que la Villa La Matilde recuperó una calma aparente. Leah ya se encontraba físicamente mejor; los mareos habían disminuido, el cansancio era más llevadero y el médico había confirmado que el embarazo avanzaba con normalidad. Sin embargo, el cuerpo podía sanar más rápido que el corazón.
Esa mañana, Leah despertó antes de que el sol terminara de alzarse. Permaneció recostada, observando el techo, escuchando el sonido distante de la casa despertando lentamente. Su mano, casi por reflejo, se posó sobre su vientre. Ese gesto se había convertido en su ancla, en la única certeza firme en medio de todo lo que había perdido.
Extrañaba a Kevin.
La admisión de ese sentimiento la hizo cerrar los ojos con fuerza. No quería hacerlo, no quería seguir aferrándose a alguien que había elegido otro camino. Pero el corazón no entendía de decisiones racionales. Extrañaba su voz, su presencia silenciosa, incluso esa frialdad que