El parque estaba envuelto en una calma engañosa. Henry levantó la vista hacia ella, y por primera vez, su mirada no era la de un hombre que provocaba. Era la de alguien que comprendía demasiado tarde.
—Tus ojos —dijo—. No brillan así por amor roto solamente. Brillan así cuando hay algo más grande que tú misma. Por eso te lo digo.
Leah tragó saliva.
—No fue planeado —susurró—. Nada de esto lo fue.
Henry asintió lentamente.
—Nunca lo es.
Hubo un silencio entre ellos. Uno distinto. No incómodo. No hostil.
—Leah… —dijo entonces—. Yo… tengo que pedirte perdón.
Ella lo miró, sorprendida.
—Por Dulce —continuó—. Por decírtelo de esa manera. No pensé… no imaginé que estabas en ese estado. Fui cruel.
Leah apretó los labios, conteniendo el temblor.
—No —negó suavemente—. Yo tenía derecho a saberlo. Aunque doliera.
Henry bajó la mirada, visiblemente afectado.
—Aun así… —levantó la vista de nuevo—. Lo siento.
Ese “lo siento” no era superficial. Era real.
Algo en él se