La noche había caído suavemente sobre la Villa La Matilde. El silencio parecía un manto protector que envolvía cada rincón, como si incluso la oscuridad entendiera que algo importante había sucedido. Leah salió al balcón, descalza, con una manta ligera sobre los hombros. La luna estaba llena, enorme, brillante, como un farol suspendido en el cielo. Su luz bañaba su piel con un resplandor plateado que hacía que pareciera casi irreal.
Respiró hondo.
Su pecho aún subía y bajaba con un ritmo temblo