La Villa Hill estaba iluminada como si esperara una celebración, pero el aire era denso, cargado de una tensión invisible que se filtraba en cada rincón. Kevin Hill descendió del automóvil sin prisa, ajustándose el abrigo con un gesto automático. No llevaba prisa porque, en el fondo, sabía que ese encuentro no tenía escapatoria.
Había postergado ese momento lo suficiente.
Apenas cruzó el umbral, la vio.
Dulce Hill estaba de pie frente a él, como si hubiera estado aguardándolo desde siempre. No avanzó al principio. No gritó. No lo acusó. Solo lo miró… y en ese segundo sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Kevin… —su voz se quebró al pronunciar su nombre.
Él se detuvo por completo.
Dulce dio un paso al frente, luego otro, hasta quedar frente a él. Sus manos temblaban, su respiración era irregular, y cuando alzó el rostro, las lágrimas comenzaron a caer sin contención.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, casi en un susurro—. ¿Por qué no me dijiste que te habías vuelto a cas