La música flotaba en el aire como un murmullo elegante, cuerdas suaves y risas medidas, copas alzándose bajo lámparas de cristal. La gala seguía su curso con la precisión de un reloj de lujo, pero para Kevin Hill el tiempo había dejado de avanzar desde que la vio alejarse, desde que ella había expresado aquellas palabras, Kevin sentía que él aire no llegaba a él.
Entre tanto, Leah estaba de pie, rodeada de hombres que no ocultaban su interés. CEOs de élite, herederos de imperios financieros, líderes que no solían inclinar la cabeza ante nadie… y sin embargo, allí estaban, atentos a cada palabra que salía de sus labios. Leah no necesitaba esforzarse: su porte, su inteligencia, la serenidad con la que hablaba de mercados, de innovación, de futuro, la convertían en el centro natural de cualquier conversación.
Kevin apretó la mandíbula.
No era solo su belleza —que esa noche parecía aún más peligrosa—, era la forma en que ella pertenecía a ese mundo. Siempre había pertenecido. Como si l