Kevin Hill no levantó la vista de la pantalla cuando la memoria terminó de reproducirse. El silencio del despacho era tan espeso que parecía tener peso. Durante varios segundos no se movió. Sus dedos aún sostenían el pequeño dispositivo, pero su mente estaba en otro lugar: en la voz de Dulce, en su risa cruel, en la frialdad con la que había confesado traiciones, asesinatos y planes meticulosamente construidos.
Y en el momento exacto en que el cuchillo se hundió en su cuerpo. Sus ojos azules se