El mayordomo y la mucama quedaron paralizados al ver a Leah. La joven, completamente sonrojada ante la escena frente a sus ojos, apenas respiraba. Pero segundos después, una sombra oscura se proyectó detrás de ella.
Era su esposo.
El silencio se adueñó de la habitación. Leah sintió cómo la hostilidad emanaba de Kevin; aquel aire frío, denso, que hacía temblar incluso a las paredes. No se atrevía a mirarlo, mientras el mayordomo y la mucama parecían a punto de desmayarse.
Allí estaban, sobre un