El reloj del pasillo marca las ocho en punto de la noche cuando Kevin Hill desciende las escaleras de Villa La Matilde.
Su andar es firme, impecable, como si cada paso respondiera a una coreografía ensayada.
El eco de sus zapatos contra el mármol resuena por toda la casa, mezclándose con el suave murmullo del viento que entra por los ventanales abiertos.
Viste un traje oscuro, sin corbata, y lleva el cabello ligeramente húmedo.
El aire perfumado con notas de cedro y menta anuncia su paso, impon