La Mansión Hill estaba silenciosa aquella noche, iluminada apenas por la cálida luz de las lámparas antiguas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de mármol. El reloj marcaba las ocho con treinta minutos cuando el Mayordomo saluda a Kevin.
—Señor Hill, sea bienvenido — Kevin asintió sin una palabra. Sus pasos resonaron sobre el piso de mármol mientras avanzaba por el pasillo, Verónica lo sigue en silencio. La Mansión se sentía distinta desde el último escándalo: los ecos de la de