La mañana en la Villa La Matilde tenía un aire distinto. El canto de los pájaros se mezclaba con el aroma del café recién hecho y el murmullo de la lluvia que aún persistía débilmente en los ventanales. Leah y Kevin se encontraban junto a la puerta principal, mientras Isabel los observaba con su sonrisa característica, esa que mezclaba ternura con picardía.
—Ha sido una visita maravillosa —dijo la anciana, apoyándose en su bastón de marfil mientras los miraba uno a uno—. Y debo decir que estoy