En un lujoso departamento del centro de Madrid, el reloj marcaba las nueve de la mañana.
El sol apenas se filtraba por las cortinas de lino beige, y el aire olía a café caro y resentimiento.
Un hombre de traje oscuro, perfectamente planchado, permanecía de pie junto a la ventana. Sostenía una copa de vino pese a la hora temprana, mientras observaba las calles húmedas que serpenteaban entre los edificios.
Tras él, una mujer que se encuentra envuelta en una bata de seda color marfil, se recostaba