El despertar fue lento, denso, como si el aire tuviera peso.
Kevin abrió los ojos con una presión incómoda en el pecho y una molestia persistente en el costado, un dolor sordo que no gritaba, pero tampoco permitía olvidarlo. No era la Mansión Hill. No era la clínica. No era la Villa La Matilde. El techo era alto, de líneas limpias, madera oscura y ventanales enormes por donde entraba una luz distinta, más cálida, más viva. El aroma tampoco coincidía con ninguno de los lugares que su memoria intentaba imponerle: había café fuerte, flores frescas y algo más… tierra húmeda, vegetación, vida.
Brasil.
No lo supo de inmediato, pero su cuerpo sí. Algo en su respiración, en la forma en que el aire llenaba sus pulmones, le dijo que estaba lejos de Bella Vista.
Intentó moverse. El dolor en la zona de la herida respondió al instante, recordándole que no estaba entero. Frunció el ceño, apoyó una mano en el colchón y se incorporó apenas lo suficiente para observar el lugar. La habitación era a