El rugido de un motor potente y el crujir de la grava anunciaron que las dos horas habían pasado exactamente. Una camioneta blindada se detuvo frente a la cabaña del norte, y antes de que los guardias de la Tríada pudieran siquiera abrir la marcha, la imponente figura del gran capo Di Santi descendió del vehículo con paso firme y la mirada cargada de una determinación protectora.
Adentro, Wei ya se había bañado y vestido con ropa deportiva, recuperando la impecable pulcritud que exigía su rango