La puerta de la cabaña se cerró con un eco pesado tras la salida de la ginecóloga, dejando tras de sí un silencio denso, casi asfixiante. En la penumbra de la habitación, la bandeja del desayuno yacía intacta. El peso de la revelación aplastaba el aire.
Clara se quedó estática en el borde de la cama, con la mirada perdida en la pantalla apagada del ecógrafo. Sus manos temblorosas se posaron sobre su vientre, pero esta vez no había una sonrisa; el miedo absoluto había tomado el control de su cue